Cuando
la muerte latente aparece gradualmente y en tiempo carcome el cuerpo físico y
la mente, no hay oración, no hay petición que la pare, hasta los precipicios de
peñones implacables se rinden ante la persistencia de las olas del mar que con
suavidad y sutileza espumosa esculpen cuevas en su dura fortaleza. Y el tiempo
pasa desapercibido, silencioso, inaludido y en segundos nos acerca a nuestro
destino, la muerte, que aparece y extingue la vida de la gente.
Hace
seis años surgió su inequívoca presencia, opacando sutilmente el brillo de sus
ojos azules de infinita profundidad. Pensé en el mar, en las olas que con
tiempo y persistencia, debilitan, pulen, moldean las piedras. La vislumbre en
la mirada cambiada de mi abuela, mama de mi Papa.
Al
percibir su presencia invisible merodeando alrededor de su más preciada
propiedad, memorias, se abrió en mi abuela un caudal de ira irreprimible, que
atento contra el cariño, el amor de la gente que mas la apreciaba y todo el
tiempo la muerte silenciosa arrancaba los recuerdos mas recientes que sin
raíces formadas se alojaban en su mente.
Pero
la ira cambia, se transforma en temor cuando la muerte termina de desplantar
los recuerdos recientes y comienza a desgastar lentamente las memorias
arraigadas del pasado, como el mar, salvaje y desordenado, crea un remolino que
mezcla, invierte, combina y cambia los momentos determinantes de la vida y los
vuelve caras, imágenes, canciones, ocasiones y lugares sin pasado que parecen
caracoles desenterrados y levantados por la corriente fuerte en la profundidad
del mar mas oscuro.
¿Quien
eres? ¿Dónde estoy? ¿A dónde me llevan? ¿Quién soy? Preguntas angustiosas,
agobiantes, infragantes tomaron el control de su mente igual que el mar de
tanto latir contra el corral viviente lo parte, lo desborona y los convierte en
arena diminuta, liviana, viajera que al son de la marea hasta la playa llega.
Después
del temor vino placidez, tranquilidad añorada, paz encontrada como una bahía
desierta donde el agua salada es opaca pero lisa, sin brisa que pueda crear
olas con crestas de espuma blanca. Mi abuela ya no reconocía, no sabia, no
pensaba, no hablaba y su alma atrapada en el cuerpo viejito invernaba.
Despertaba por un instante con ojos brillantes para saludar a su único hijo que
con devoción y cariño la cuido hasta el último día sentado al ras de su cama.
Pero
mi abuela siguió luchando, nadando contra marea, ahogándose con las olas
gigantes que tumban, revuelcan, escupen y halan desde lo más profundo con resaca
peligrosa de su corriente. Sin explicación, nadaba, a pesar de la fuerza de la
naturaleza, respiraba, y no liberaba de la cueva envejecida de su cuerpo su
alma que la eternidad llamaba.
¿Cómo
puede una viejita librar tan fuerte lucha contra la muerte acosadora,
debilitante, amenazadora? Al verla apretarle la mano a su hijo comprendí que
luchaba contra lo inevitable por estar a solas con mi Papa. Los dejamos solos,
no recuerdo el tiempo, pero después de la despedida, mi abuela no lucho mas, se
dejo llevar por la corriente del mar a descansar después de seis años de vivir
con la muerte. Se fue en sus brazos, hacia la eternidad, acurrucada, en paz, y
tranquilamente.
El
mar, la muerte, son fuerzas naturales y poderosas que esculpen, desplantan,
mezclan y desboronan al cantar del tiempo. Su objetivo no es destruir ni hacer
sufrir, simplemente cumplir su acometido de limpiar, variar, hacer espacio para
la evolución natural. Nada desaparece, todo se transforma, hasta los recuerdos,
experiencias y memorias asumen otra forma y viajan por el mundo, al son de la
marea o cargados por el viento a lugares distantes donde personas, lo sienten,
lo absorben, lo sueñan, lo viven y se nutren del conocimiento de mi abuela y de
todos los que antes de nosotros parten.