Wednesday, 10 June 2015

La Muerte y El mar




Cuando la muerte latente aparece gradualmente y en tiempo carcome el cuerpo físico y la mente, no hay oración, no hay petición que la pare, hasta los precipicios de peñones implacables se rinden ante la persistencia de las olas del mar que con suavidad y sutileza espumosa esculpen cuevas en su dura fortaleza. Y el tiempo pasa desapercibido, silencioso, inaludido y en segundos nos acerca a nuestro destino, la muerte, que aparece y extingue la vida de la gente.
Hace seis años surgió su inequívoca presencia, opacando sutilmente el brillo de sus ojos azules de infinita profundidad. Pensé en el mar, en las olas que con tiempo y persistencia, debilitan, pulen, moldean las piedras. La vislumbre en la mirada cambiada de mi abuela, mama de mi Papa.
Al percibir su presencia invisible merodeando alrededor de su más preciada propiedad, memorias, se abrió en mi abuela un caudal de ira irreprimible, que atento contra el cariño, el amor de la gente que mas la apreciaba y todo el tiempo la muerte silenciosa arrancaba los recuerdos mas recientes que sin raíces formadas se alojaban en su mente.
Pero la ira cambia, se transforma en temor cuando la muerte termina de desplantar los recuerdos recientes y comienza a desgastar lentamente las memorias arraigadas del pasado, como el mar, salvaje y desordenado, crea un remolino que mezcla, invierte, combina y cambia los momentos determinantes de la vida y los vuelve caras, imágenes, canciones, ocasiones y lugares sin pasado que parecen caracoles desenterrados y levantados por la corriente fuerte en la profundidad del mar mas oscuro.
¿Quien eres? ¿Dónde estoy? ¿A dónde me llevan? ¿Quién soy? Preguntas angustiosas, agobiantes, infragantes tomaron el control de su mente igual que el mar de tanto latir contra el corral viviente lo parte, lo desborona y los convierte en arena diminuta, liviana, viajera que al son de la marea hasta la playa llega.
Después del temor vino placidez, tranquilidad añorada, paz encontrada como una bahía desierta donde el agua salada es opaca pero lisa, sin brisa que pueda crear olas con crestas de espuma blanca. Mi abuela ya no reconocía, no sabia, no pensaba, no hablaba y su alma atrapada en el cuerpo viejito invernaba. Despertaba por un instante con ojos brillantes para saludar a su único hijo que con devoción y cariño la cuido hasta el último día sentado al ras de su cama.
Pero mi abuela siguió luchando, nadando contra marea, ahogándose con las olas gigantes que tumban, revuelcan, escupen y halan desde lo más profundo con resaca peligrosa de su corriente. Sin explicación, nadaba, a pesar de la fuerza de la naturaleza, respiraba, y no liberaba de la cueva envejecida de su cuerpo su alma que la eternidad llamaba.
¿Cómo puede una viejita librar tan fuerte lucha contra la muerte acosadora, debilitante, amenazadora? Al verla apretarle la mano a su hijo comprendí que luchaba contra lo inevitable por estar a solas con mi Papa. Los dejamos solos, no recuerdo el tiempo, pero después de la despedida, mi abuela no lucho mas, se dejo llevar por la corriente del mar a descansar después de seis años de vivir con la muerte. Se fue en sus brazos, hacia la eternidad, acurrucada, en paz, y tranquilamente.
El mar, la muerte, son fuerzas naturales y poderosas que esculpen, desplantan, mezclan y desboronan al cantar del tiempo. Su objetivo no es destruir ni hacer sufrir, simplemente cumplir su acometido de limpiar, variar, hacer espacio para la evolución natural. Nada desaparece, todo se transforma, hasta los recuerdos, experiencias y memorias asumen otra forma y viajan por el mundo, al son de la marea o cargados por el viento a lugares distantes donde personas, lo sienten, lo absorben, lo sueñan, lo viven y se nutren del conocimiento de mi abuela y de todos los que antes de nosotros parten.

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